Vivo a dos cuadras de un cementerio. A mucha gente eso le impresiona. A mi, será por costumbre, no me afectó nunca, tampoco a mis amigos y primos.
El cementerio era el lugar ideal para ir a jugar o andar en bici. Mi vieja no me dejaba andar en la calle, pero si me iba con la bici caminando hasta el cementerio y si la usaba dentro del mismo, no había problema. Entonces mis vacaciones y fines de semana la pasaba ahí junto con amigas. El cementerio era una lugar tranquilo, no pasaba nada raro (como ahora), excepto las cosas de ultratumba que eran mitos barriales y de los cuales los chicos creíamos absolutamente todo. Pero, a lo que voy, es que nadie te violaba, ni te robaba ni se juntaban ahí las barritas a drogarse como lo hacen ahora.
Los sábados a la mañana durante 4 años tuve que cruzarme todo el cementerio para cursar mis clases de catecismo y después confirmación. Ahí estaba la Parroquia. Teníamos prohibido ir por la calle,
lo más seguro era ir por adentro del cementerio.Cuando vos andas tanto por un lugar, ya conocés las tumbas más importantes: la de la estatua de Gardel, la de el hombre de la víbora, la del bombero,
la casita de la novia. Y en algunas tumbas, no sé porque razón, la gente dejaba monedas. Y he aquí el pecado que cometida… ya se están imaginando…
Bueno, una de las travesuras de niñas era ir al cementerio con amigas y competíamos a quien recaudaba más plata… la idea no era sacar todas las monedas de las tumbas, porque quedaba feo y el robo se iba a notar, sacábamos una pequeña cantidad y un rato después nos juntábamos y hacíamos el arqueo para saber quien era la ganadora del día.
En ocasiones, debido a que la familia una de mis amigas estaba pasando una crisis económica importante, nuestro robo se tornaba más altruista. Nos escudabamos un par de veces en el pretexto de que afanábamos para ella. Todo lo recaudado iba para sus arcas y con eso ella podía comprar galletitas y gaseosa en el recreo o comprar el paquete de figuritas de Sara Kay que en esa época tanto nos gustaban.
A veces el tema se me complicaba porque mi vieja me preguntaba de donde sacaba la plata, obviamente, mi respuesta era que mis abuelos me la habían regalado. Creo que mi mamá nunca se comió del todo ese verso. Aunque me pescó una vez que le llevé flores y se dió cuenta que “también” las había sacado del cementerio.
Ojo que todo esta travesura estaba regada de adrenalina ya que a veces salíamos corriendo porque nos enganchaba el cuidador del cementerio y gritaba desde lejos que desapareciéramos de su vista.
Bueno, una vez más estoy aquí para confesar mis pecados. Espero no me lea ni
Dios ni el
Santo Padre, la penitencia puede ser terrible. Nunca mencioné en mis confesiones pre y post comunión en qué me entretenía los sábados a la tarde.